Parábolas Tabernarias: Godofredo Mc Cormick


El esclavista Adolf McCormick lloraba de rabia e impotencia en su habitación tras enterarse de la noticia de que Abraham Lincoln tenía intención de liberar a todos sus esclavos. No era justo, pensaba. He pagado sus viajes desde África hasta América a gastos pagados. Les he proporcionado casa y comida a ellos y a sus familias a cambio de algo de su esfuerzo físico.

Desconocía aquel día que su tataranieto Godofredo McCormick lograría con su esfuerzo y las mirada benévolas de los Gobiernos de los que disfrutó, de un esclavismo más refinado, legal y absolutamente bien visto por la sociedad psicópata y decadente del siglo XXI.

Godofredo McCormick, el tataranieto de Adolf, se convirtió en el mayor gangster de la ciudad. Fue listo y desde un primer momento desecho las drogas, el alcohol clandestino y la trata de blancas. Sus años en la Universidad de Chicago le habían enseñado que el futuro de su familia era otro.

Su meteórica ascensión a las cimas de las altas finanzas está plagada de leyendas, pero la más fiable apunta a que recaló en algún país de Europa a mediados de los años 90. Con una centralita telefónica digital automatizada, se montó una compañía telefónica. El negocio era seguro: El Gobierno liberaliza de boquilla un mercado que sigue siendo un monopolio, no pide nada a cambio. “Este es el negocio”, se dijo, y fundó la compañía Jandermorning Telecomunicaciones. Era un buen truco: Ofrecer llamadas más baratas a los usuarios encorajinados con el monopolio y después no ofrecerles nada a cambio.

Ganó millones que tuvo que repartir con los gobernantes que privatizaron la compañía, pero mereció la pena. Con los ingresos pensó en montar un banco, pero lo pensó mejor y el negocio del esclavismo tenía mejor pinta.

Creó una Empresa de Trabajo Temporal donde estaba el futuro de la Mafía. El que según dicen fue el mejor presidente de la democracía, creo el mayor banco de datos para los esclavistas: todo un país. Desde luego el edén para los desaprensivos.

Godofredo se siente orgulloso, ha conseguido mantener viva esa tradición que él considera tan bonita, tan cristiana y tan progresista de la esclavitud. El truco es sencillo: si alguien es inmigrante y trabaja 18 horas al día sin salario y protesta, lo amenazas con llamar a la policía para que lo expulsen. Era muy fácil y sigue siéndolo. A no ser que estos pérfidos socialistas sean tan idiotas y empiecen a imponer sanciones millonarias a los que incumplan las leyes. Que todo sea dicho llevan vigentes algunos años

Godofredo se sentía muy bien. Por fin un presidente en un país había recuperado esa ancestral tradición de sus antepasados: La esclavitud. Todavía conserva con nostalgia el cuadro que le firmó el presidente más esclavista del país poco antes de mentir una vez más sobre las armas de destrucción masiva que no existían, pero que le permitió a su amigo americano robar un montón de petróleo, que debidamente manipulado, subió de precio. Un hacha.

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. ¿O no?

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