San Fermín, el santo más ocupado en Julio

En estos meses de verano me he propuesto tomarme un descanso, de modo que no escribiré con mucha asiduidad, pero desde la distancia observas hechos curiosos que merecen una pequeña reflexión y es lo que tengo intención de hacer de vez en cuando en estos meses estivales.

Los entendidos seguramente conocerán la clave de por qué unos cuantos toros bravos corren en medio de unos cuantos individuos y no se llevan cada día a varios por delante. Durante cada encierro da la impresión de que los toros quieren terminar cuanto antes y abandonar a toda prisa la compañía de seres que, a tenor de lo visto, valoran poco su vida. Si te fijas en las caras de los toros, están diciendo que los dejen tranquilos y que no quieren hacer daño a nadie.

Hay momentos en los que con sólo girar ligeramente la cabeza podrían cornear a dos o tres corredores sin apenas variar su ritmo.

Nunca he sentido la menor inclinación a correr delante de toros en los Sanfermines y eso que viví durante mucho tiempo muy cerca, pero el hecho de jugar a la ruleta rusa con el destino no me ha motivado mucho.

¿Qué pasará por la cabeza de los corredores cuando deciden competir con toros, cuyo volumen y fuerza supera 5 veces o más la de una persona? ¿Qué les pasará por la cabeza a los toros cuando se ven envueltos en una marea humana a la que deben sortear? Supongo que ante la enormidad de objetivos y la facilidad para cornearlos sin inmutarse, deben pasar de todo. Deben pensar lo mismo que los leones recién comidos, tumbados al sol a menos de 20 metros de una manada de gacelas.

La imagen de un encierro cualquiera la encontré en Riau Riau.

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