La semana del ébola en España

No he dejado de sorprenderme durante toda la semana con el tratamiento que los medios en general le han dado al primer contagio por ébola en España, concretamente la enfermera Teresa Romero, a la que le deseo la más pronta recuperación.

Sirva sólo como ejemplo lo que me ocurrió el pasado martes, cuando al dar los titulares de la prensa económica en el programa Mercado de Capitales, me encontré con que la mayoría de la edición digital del diario Expansión estaba dedicada al perro de Teresa, Excalibur. Tuve que verificar el enlace por si me había confundido y estaba en alguna web canina.

El resto de la semana ha sido exactamente igual de caótica. Ébola, ébola y más ébola en todas las páginas de los medios. Creo que no se salvó ni una. Creo que una cosa es informar y otra es saturar hasta el hastío con informaciones, que en la mayoría de los casos no aportan nada y, en cualquier caso, sólo hacen que abundar en el morbo.

El jueves tuve la suerte de entrevistar a un doctor en Química que dirige una empresa de boitecnología y, como es lógico, hablamos del tema. También se mostraba extrañado del tratamiento y el bombo que se le estaba dando al contagio de una persona por ébola, un virus, recordemos, que es dificilmente contagiable y que fuera de África y en el ámbito en el que nos encontramos por las condiciones sociosanitarias de las que disfrutamos, la posibilidad de contagio es pequeña.

Cierto que la forma en la que las autodenominadas autoridades han actuado de forma que hablar de chapuza, es ser misericordioso con ellas, pero de ahí a dedicarle toda una semana ediciones enteras, especiales y un seguimiento tan pormenorizado, me parece fuera de lugar.

A mi me interesó la opinión de un experto en el virus y, en todo caso la de los médicos que tratan a la enferma, pero conocer la opinión de la portera del edificio, la del vecino del quinto o la del dueño del perro que conocía a Excalibur, no me aportan nada en absoluto, pero como hemos entrado en un periodismo de portera y de Twitter, donde la estupidez más grande, la nimiedad menos trascendente y la nadería más insignificante se convierten en tendencia, ya pocas cosas me sorprenden.

Creo que los periodistas debemos reflexionar seriamente sobre a dónde hemos llegado, cómo hemos alcanzado este nivel y si este es el mejor camino para comunicar a nuestros receptores la información que queremos transmitirles. 

A los medios no les voy a pedir que reflexionen porque ya lo han hecho y la conclusión a la que han llegado es que la mejor salida es vivir de sobornos en forma de subvenciones del Estado o publicidad encubierta o, todavía mejor, cobrarles al resto de los mortales un impuesto revolucionario, en forma de Canon AEDE, por seguir manipulándolo todo, según convenga al régimen feudal español.