Del empleo en precario hemos pasado al trabajador pobre. La involución sigue adelante en España.

Estos días se difunden los nuevos datos de la EPA correspondientes al tercer trimestre del año 2014 y, como no, hay opiniones para todos los gustos. Para el periodismo amaestrado del Gobierno son cifras magníficas que apuntan a una gran recuperación económica y que en nada en España todos seremos felices y comeremos perdices. Por otro lado están los que no coinciden con este punto de vista y hablan de las nuevos números del desempleo como una catástrofe absoluta, dado que la mayoría del empleo que se genera es precario, los contratos son ridículos y cada día estamos peor.

Aunque estoy bastante de acuerdo con los segundos, no me voy a centrar en el análisis de lo publicado. En términos absolutos el hecho de que haya menos ciudadanos en el paro es positivo, pero habría que matizar mucho. Por ello me centraré en una figura que está apareciendo desde hace unos años y que indica a las claras que el sistema está ya en las últimas. Son los trabajadores pobres. No ya los trabajadores en precario que desgraciadamente tan bien conocemos en el régimen feudal español, no. Se trata de personas que trabajan, tienen un sueldo, cumplen con su horario laboral, pero viven en la indigencia más absoluta, después de pagar alimentación, electricidad, agua, transporte, alquiler, etc. 

El hecho de que en un país se llegue a esta situación apunta a una sociedad enferma, ya medio muerta o directamente en coma que pasa los días como buenamente puede esperando la muerte, como el que espera un autobús. Una gran mayoría se amorra a la televisión a ver si la espera se les hace más llevadera, pero sólo tienes que echarle un vistazo a las programaciones y, salvo contadísimas excepciones, sólo se encuentra basura a granel.

Si observas a tu alrededor, la mayoría de la población no es crítica, no reflexiona, no piensa, no analiza, funcionan en rebaños perfectamente pastoreados y según las notas que va tocando el flautista de Hamelin del medio manipulado de turno, así van respondiendo los ratoncitos.

Por cierto, este fin de semana será el llanto y el rechinar de dientes en los hogares de los teleyonkis que no pueden pasar ni un par de horas sin su dosis catódica de bazofia. Este domingo cambian la codificación de los canales de la TDT y se vislumbra en el horizonte mucho dolor y sufrimiento porque además hay que rascarse otra vez el bolsillo para seguir consumiendo ese tipo de excrementos.

Pero volvamos a nuestro hilo de los trabajadores pobres. No me vienen a la cabeza este tipo de escenarios a no ser que nos adentremos en el tercer mundo, pero igual aquí en España ya hace tiempo que hemos entrado en ese tercer mundo y la anestesia que nos suministran los medios de comunicación del régimen nos han ocultado la realidad.

Por eso a la hora de analizar los datos que nos ofrecen envueltos en papel de regalo, hay que escarbar bien entre los adornos para encontrar los que realmente son trabajos de verdad o trabajos para vivir en la indigencia que no deberían de contar a la hora de elaborar los datos.

Tiene que ser sumamente triste trabajar, dejarte la piel en tu empleo y saber que a pesar de todo, seguirás estando sólo un escalon por encima de un homeless, si no lo eres ya. 

No me cabe en la cabeza cómo pretenden nuestros dirigentes fomentar el consumo si una buena parte de la población empleada, ya ha gastado en las necesidades más básicas más del 100% de su salario.

Supongo que tampoco les preocupará mucho. Su única idea fija es mantener el entramado de bandas mafiosas para seguir robándonos a todos, todos los días.

Seguramente conoces a muchos de estos trabajadores pobres y quizás tú mismo lo seas. Esta modalidad se solía encontrar a menudo entre los estudiantes o gente que pillaba cualquier cosa para ir buscándose la vida momentáneamente, pero ahora ya se ha generalizado y es la norma.

Creo que cuando una sociedad llega a este punto, el declive ya no tiene marcha atrás. Cada vez más personas se encabronarán más, pasarán más de todo y al final les importará un pimiento estar trabajando o no, dado que en términos generales, casi da lo mismo vivir bajo un puente sin dinero que vivir bajo un puente porque todo el dinero que ganas lo debes emplear en seguir vivo.

Hablo con personas de otros países de nuestro entorno y me cuentan que ahí existen trabajos, contratos, salarios normales para vivir normalmente, pero ya no sé si creerlos. Lo que veo por aquí no invita mucho al optimismo. 

Las imágenes las encontré en Ueom. Se trata de paisajes surrealistas.