La indignación ya es un lujo que no nos podemos permitir

Pasan los días, las semanas y los meses y mientras en el resto de nuestro entorno las condiciones económicas no dejan de mejorar en nuestro país cada día va todo a peor. La casta política que nos tiene bajo sus botas no deja de machacar a los menos favorecidos recortándoles todo lo imaginable y arrojándolos a la miseria y la pobreza.

Luego salen encuestas y da la impresión de que a la peña le da todo igual y que se siente honrada y satisfecha entregando la administración de sus bienes a los más corruptos, ladrones y miserables que se pueden encontrar. 

Los impuestos no paran de subir, los salarios no paran de menguar y las posibilidades de subsistencia incluso con un trabajo normalito se acercan ya al entorno de los milagros.

Ahora el Gobierno va a tener un respiro con la Copa Confederaciones en la que España va a estar compitiendo durante el mes de junio. Con este torneo y los distintos culebrones de fichajes de verano, lo tienen ya hecho de cara a septiembre.

Unas cuantas noticias de garrafón cada día en los informativos de la tele que se traga todo el mundo para decirles que vivimos en el país de las maravillas, pero que estamos atravesando un bache y la última gilipollez del famosillo o famosilla de turno y otro veranito que han ganado para seguir robando a manos llenas de los fondos públicos y repartirlo entre los de su secta. 

Hay veces que me pregunto si hay alguien todavía vivo en este país que no haya caído en el estado vegetativo que parece haber atrapado a la mayoría.

Cada vez con más frecuencia pienso si este estéril ejercicio de la indignación sirve para algo. Lamentablemente en la mayoría de las ocasiones la respuesta es la misma: para casi nada.

La imagen corresponde a una obra del ilustrador Eduardo Marticorena.

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